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Surrealismo y realidad
El surrealismo nació en la Europa de entreguerras como una rebelión contra la lógica y la rutina de la vida moderna. André Breton lo definió como “automatismo psíquico puro”, pero su espíritu fue mucho más que una definición: fue un llamado a explorar el territorio del sueño, del deseo y de lo invisible.
Pronto, ese impulso trascendió toda frontera. América Latina lo adoptó, lo transformó y le dio una nueva voz, donde lo mágico, lo mítico y lo cotidiano se funden con lo político y lo espiritual.
La muestra reúne a artistas que, desde distintos tiempos y territorios, comparten esa voluntad de atravesar los bordes entre el mundo visible y el imaginario. Los argentinos Roberto Aizenberg, Carlos Killian, Víctor Chab, Sameer Makarius, Osvaldo Borda, Marcelo Lazarte y Jorge Diciervo dialogan aquí con los maestros internacionales Rufino Tamayo, Roberto Matta, Joan Miró y René Portocarrero, trazando una constelación de formas, gestos y obsesiones.
A su vez, los invitados contemporáneos Gabriela Aberastury, Emilio Reato, María Luz Seghezzo e Iñaki Martínez retoman y expanden ese legado desde nuevas materialidades, demostrando que la imaginación surrealista no pertenece al pasado: sigue viva en cada artista que se atreve a mirar más allá de lo real.
Homenaje Victor Chab
Pocos artistas lograron mantener, a lo largo de toda una vida, un vínculo tan íntimo con el misterio como Víctor Chab. Su obra fue una exploración constante del inconsciente, del erotismo, del silencio y de las energías invisibles que atraviesan la materia.
Desde sus primeras pinturas hasta sus obras más recientes, Chab habitó un territorio entre lo espiritual y lo sensual, donde las imágenes parecían surgir solas, como revelaciones interiores. Él mismo decía: “Cuando pinto no pienso; dejo que aparezca lo que tiene que aparecer.” (Entrevista en La Nación, 2019)
En ese gesto de entrega se condensaba su poética: una confianza plena en el poder del inconsciente y de la intuición. “La pintura me habla; uno solo tiene que estar disponible”, afirmaba, como quien reconoce en el arte una forma de escucha, más que de dominio.
Este homenaje celebra esa fidelidad a sí mismo, esa manera de hacer del acto de pintar una forma de conocimiento y de vida. Víctor Chab transformó el sueño en una práctica diaria y silenciosa, y nos deja una obra que continúa respirando en el límite entre lo real y lo invisible.